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El odio no puede tomar asiento

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El odio no se inventó en el siglo XXI. Como bien lo dijo Juan Gelman alguna vez, se podría escribir una historia del odio y de la violencia en nuestro país, incluso antes de que sea un Estado. De acuerdo a su apreciación, la de alguien que buscó las explicaciones en las fuentes, siempre se trató de una postura humana. Contra la creencia frecuente que tenemos de que las “informalidades” del pasado explican la violencia explícita de algunos eventos, el historiador sostuvo que siempre se trató de la adopción y el sostenimiento de una posición respecto a esas cuestiones: las ideas de la Revolución de Mayo promovieron la libertad de vientres, Roca restituyó de facto la esclavitud, el sometimiento y los trabajos forzados para muchos originarios, setenta años después.

Parece una obviedad que exista algo como una Declaración Universal de los Derechos Humanos, y sin embargo la experiencia muestra que no es posible dar por descontada la adopción irrestricta de una serie de principios tácitos, como el respeto a la existencia del otro.

El odio es siempre un peligro latente. Sin poder no es más que una expresión aislada, pero su retroalimentación y fortalecimiento, aumentan sus chances de alcanzar algún grado de poder: las malas ideas de una masa crítica que promueve el odio, se naturalizan como posición posible o aspiracional de sus seguidores en un entorno que las promueve.

El odio se acrecienta con una dinámica de espiral, se vuelve visible tras su existencia latente y puede continuar creciendo o no, de acuerdo a cómo la sociedad organizada decida tratarlo. Por lo pronto es fundamental entender que su “visibilidad” es de por sí un punto de alerta. Un punto en el que su crecimiento ha generado una forma de mostrarse a cara descubierta, un mal emergente y disfuncional para cualquier sociedad.

La pos pandemia parece un momento de ebullición de visiones de odio a nivel mundial. Las complicaciones económicas, geopolíticas y humanas derivadas parecen haber alimentado una crisis que encuentra en estas visiones un modo de canalizar descontentos. Pero el odio estuvo ahí de antes. Basta mencionar el caso del brutal asesinato de Fernando Báez Sosa como ejemplo, para entender que los contextos amplios no siempre son la explicación más plausible.

El 2022 ha sido un año difícil, también para nuestro país. Las manifestaciones de odio están ahí, y se han vuelto visibles. Siguen esperando una señal de permiso, un guiño social que las legitime para volver a envalentonarse o crecer. En el caso de la política el odio también se disfraza de una posición ideológica, pero tras esa fachada, se vuelve fácil descubrirlo, ya que entre sus objetivos se promueve la proscripción o la desaparición de las otras y los otros.

Sergio Denegri

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